Yo soy lo que hago

“estúpido es el que hace estupideces.”                                          Forrest Gump

Soy lo que hago.

Y antes de que los idealistas y los defensores de lo intangible se rasguen las vestiduras exclamando con fervor: “¡No, tú eres mucho más que lo que haces!”, aclaremos algo esencial:
El modo más evidente, práctico y tangible en el que quien soy se manifiesta en el mundo es a través de mis actos.

Pensemos un momento: soy un ser que existe en el mundo. Un mundo que ya estaba aquí mucho antes de que yo llegara, y que seguirá aquí después de que me haya ido. Este contexto en el que vivo no gira en torno a mí. Es más bien al contrario: soy yo quien ocurre dentro de ese contexto, moldeado y condicionado por él de formas tan profundas que muchas veces ni siquiera lo noto.

El contexto que nos forma

Vivimos inmersos en un entramado social, cultural y temporal que define cómo “deberíamos” actuar. Estos acuerdos no son explícitos, sino tácitos, y se construyen a lo largo de generaciones. En otras palabras, hay un consenso colectivo, muchas veces inconsciente, sobre cómo deben ser las cosas y cómo debe comportarse cada persona según su rol.

Por ejemplo, si soy hombre, actúo como un hombre. Esto no requiere reflexión consciente porque lo he aprendido de manera tan natural que lo hago sin esfuerzo: me visto de cierta forma, me expreso de cierta manera, y, sí, hago pipí de pie. Esto no significa que estas acciones definan completamente quién soy, pero sí reflejan cómo interactúo con el mundo en función de un rol socialmente aceptado.

Lo mismo ocurre con otros roles que asumimos. Si soy padre, existen ciertas expectativas de lo que un padre “debe” hacer o no hacer. Nadie me entrega un manual al respecto, pero sé instintivamente cómo debo comportarme como tal. Si soy soltero, actúo como un soltero. Y si estoy casado, hago lo que un casado hace. En cada caso, desempeñamos nuestro rol con una maestría que parece casi innata.

Maestría: el arte de ser lo que hacemos

Gran parte de lo que somos se construye a través de las acciones que realizamos repetidamente hasta el punto de dominarlas. Por ejemplo, un fotógrafo no solo toma fotos, es fotógrafo porque ha alcanzado un nivel de maestría en su arte. Ya no necesita pensar conscientemente en cada detalle técnico; su conocimiento fluye con la misma naturalidad que respirar.

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Lo mismo sucede con el músico, el pintor, el médico o el ingeniero. Cada uno de ellos es lo que hace porque ha dedicado tiempo, esfuerzo y práctica constante a perfeccionar su oficio. Esta maestría no solo define lo que hacen, sino que se convierte en una parte fundamental de lo que son.

Somos una suma infinita de roles

Volviendo al ejemplo personal, puedo decir que soy muchas cosas:

  • Soy hombre.
  • Soy papá.
  • Soy fotógrafo.
  • Soy diseñador.

Y esta lista no tiene fin, porque en cada faceta de mi vida desempeñamos un rol distinto, y cada uno de esos roles contribuye a construir nuestra identidad. Sin embargo, también soy algo más: soy una posibilidad infinita.

Esto significa que, aunque nuestras acciones definan en gran medida quién somos, siempre existe la posibilidad de transformarnos en algo nuevo. No estamos limitados por lo que hemos sido hasta ahora; podemos elegir un nuevo camino, practicarlo, perfeccionarlo y, eventualmente, serlo.

La transformación a través de lo que hacemos

El camino hacia la transformación personal comienza con una elección consciente: decidir quién quiero ser. Esta elección es solo el primer paso, porque para convertirnos en aquello que elegimos ser, debemos practicar hasta alcanzar la maestría.

Cada pequeña acción que tomamos nos acerca a nuestra meta. Si quiero ser un escritor, no basta con desearlo; debo escribir todos los días, enfrentar el bloqueo creativo, mejorar mi técnica y aprender de mis errores. Con el tiempo, escribir se convierte en algo tan natural como respirar, y entonces no solo hago escritura: soy escritor.

Lo mismo aplica a cualquier aspecto de la vida. Si quiero ser más saludable, debo actuar como alguien saludable: comer mejor, hacer ejercicio, cuidar mi mente. Si quiero ser más compasivo, debo practicar la empatía y la escucha activa. En resumen, me convierto en lo que hago hasta dominarlo, y en esa maestría radica mi transformación personal.

Reflexión final: soy lo que elijo ser

Cada día es una oportunidad para decidir qué quiero hacer y, por ende, en quién quiero convertirme. Mis acciones no son solo tareas aisladas; son expresiones de mi identidad y, al mismo tiempo, herramientas para transformarla.

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Así que, sí: soy lo que hago. Pero también soy una posibilidad infinita de ser lo que elija hacer mañana. ¿Y tú? ¿Qué estás eligiendo ser hoy?

Preguntas frecuentes sobre “Soy lo que hago”

¿Somos únicamente lo que hacemos?

No exclusivamente. Somos una combinación de lo que hacemos, pensamos y sentimos. Sin embargo, nuestras acciones son la manifestación más tangible de quién somos y cómo interactuamos con el mundo.

¿Qué significa alcanzar la maestría en algo?

Alcanzar la maestría implica practicar tanto una habilidad que se convierte en algo natural. Es el punto en el que ya no necesitas pensar en cada paso, porque actúas con fluidez y confianza.

¿Puedo cambiar quién soy a través de mis acciones?

Sí, nuestras acciones son el vehículo principal para la transformación personal. Cambiar lo que hacemos de manera constante nos lleva a redefinir nuestra identidad.

¿Qué pasa si no me siento definido por lo que hago?

Es posible que sientas que hay aspectos de tu identidad que no están reflejados en tus acciones actuales. Esto puede ser una señal de que es momento de alinear tus acciones con tus valores y aspiraciones.

¿Cómo puedo empezar a practicar para ser lo que quiero ser?

Comienza con pequeños pasos. Identifica la habilidad o rol que deseas desarrollar, establece metas realistas y práctica todos los días. La consistencia es clave para el cambio.

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Bernardo Villar
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