A los seres humanos nos encanta la idea de tener todo bajo control. Queremos prever los resultados, anticiparnos al futuro y sentir que cada paso que damos está calculado. Este deseo de control nos ha llevado a realizar estudios complejos, desarrollar teorías, modelos matemáticos, estadísticas, e incluso a crear máquinas y programas diseñados para darnos una sensación de certeza. Sin embargo, la realidad nos golpea constantemente con lo inesperado.
Una tormenta aparece cuando el pronóstico indicaba cielos despejados. La economía cae en picada cuando todo parecía estable. Una relación amorosa termina justo cuando pensábamos que iba mejor que nunca. Estas situaciones nos recuerdan que, por mucho que intentemos preverlo todo, el control es una ilusión, una herramienta que nos tranquiliza pero que no refleja la naturaleza impredecible de la vida.
El miedo a perder: ¿estás jugando a no perder o a ganar?
Para sentirnos seguros, muchas veces planeamos cada movimiento con cautela. Nos paralizamos en la incertidumbre y solo actuamos cuando creemos que el resultado es seguro. ¿Qué logramos con esta mentalidad? Una vida sin riesgos, pero también sin movimiento. Nos enfocamos en proteger lo que tenemos en lugar de arriesgarnos para conseguir más. Jugamos a no perder, en vez de jugar a ganar.
Imagina un partido de fútbol: los jugadores en el campo corren riesgos constantemente. Al intentar anotar, también se exponen a perder el balón o cometer errores. Pero ese es el único camino para ganar. En cambio, los jugadores que se quedan en la banca no enfrentan riesgos: no se cansan, no se lesionan, no cometen fallos. Pero tampoco hacen goles. Solo el jugador en el campo tiene la posibilidad de cambiar el marcador.
En la vida, muchos prefieren la comodidad de la banca. Es segura, predecible y razonable. Sin embargo, en la banca no se logran grandes cosas. Para lograr resultados extraordinarios, necesitas salir al campo, tomar decisiones y asumir riesgos, incluso cuando no hay garantías de éxito.
La diferencia entre estar en la cancha y estar en la banca
Un jugador en la cancha no sabe con certeza qué ocurrirá durante el partido. Puede ganar, perder o incluso sufrir una lesión grave. Pero es precisamente esa incertidumbre la que abre las puertas a las grandes oportunidades: marcar goles, convertirse en el héroe del partido o lograr el reconocimiento de su esfuerzo. En contraste, un jugador en la banca tiene un resultado predecible: está presente, pero no influye en el juego.
La vida no es diferente. Quienes están en la banca viven dentro de su zona de confort, evitan riesgos y se aferran a lo seguro. Pero quienes deciden jugar el juego, aunque enfrentan la posibilidad de perder, también son los únicos que pueden ganar. Sus resultados no son predecibles, pero son los que hacen que las cosas sucedan.
Jugar el juego: el único camino al éxito
En la cancha de la vida, ser un jugador activo implica tomar decisiones valientes. Esto significa arriesgarse en las relaciones, en los negocios, en los sueños y en los proyectos personales. ¿Por qué? Porque, aunque no siempre ganarás, cada vez que juegas el juego tienes la posibilidad de cambiar tu destino.
La mentalidad de un jugador activo es irrazonable para muchos. Va en contra del instinto de supervivencia que nos dice: “Quédate donde estás, no te arriesgues, lo que tienes es suficiente”. Pero esta mentalidad es la que transforma vidas. Las personas que se atreven a jugar son las que innovan, las que inspiran y las que dejan huella. Su recompensa no es solo el éxito, sino la satisfacción de haberlo intentado todo.
Reflexiones para tu vida: ¿estás jugando el juego?
La vida es como un partido de fútbol. Tú decides si serás un espectador, un jugador de banca o un titular en el campo. ¿Estás jugando a ganar o simplemente evitando perder? En tus relaciones, en tu carrera, en tus negocios y en tu vida personal, ¿qué resultados estás obteniendo?
Si prefieres mantener el marcador en empate, es probable que estés en la banca. Si te arriesgas, luchas y te esfuerzas por más, entonces estás en la cancha. Solo tú puedes decidir cómo quieres jugar el juego de tu vida.
La clave está en preguntarte: ¿qué estoy dispuesto a hacer para ganar? ¿Estoy dispuesto a salir de mi zona de confort, enfrentar mis miedos y asumir riesgos? ¿O prefiero quedarme donde estoy, cómodo pero inmóvil?
Juega el juego
La vida es demasiado corta para vivirla como un espectador. Los grandes logros, las relaciones más profundas y los momentos inolvidables no llegan a quienes se quedan al margen. Llegan a quienes se atreven a jugar el juego, a quienes aceptan que el control es una ilusión y abrazan la incertidumbre con valentía.
Así que, ¿qué vas a hacer? ¿Te quedarás en la banca o te atreverás a jugar el juego? La elección es tuya.
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