¿Quién eres?

Tal vez sea una de las preguntas más profundas y atemporales de la humanidad: ¿Quién eres?, ¿Quién soy yo? Durante siglos, filósofos, científicos y personas comunes han reflexionado sobre esta cuestión, buscando respuestas en las profundidades de su ser. Pero, ¿alguna vez hemos llegado a una respuesta que nos satisfaga por completo?

La búsqueda de la identidad ha sido una constante en la historia. Miramos hacia adentro, exploramos nuestras emociones y tratamos de comprender cómo nos mostramos al mundo. Sin embargo, ¿y si el enfoque tradicional estuviera equivocado? ¿Qué pasaría si no fuera necesario buscar, sino simplemente reconocer lo que ya somos?

La búsqueda de la identidad: ¿Estamos mirando en el lugar equivocado?

Frecuentemente, intentamos definirnos a través de una búsqueda casi obsesiva: indagamos en nuestra mente, escarbamos en nuestro pasado, y analizamos nuestras decisiones y emociones. Pero, ¿y si el problema radica en que intentamos encontrarnos en un lugar donde no estamos?

En lugar de “buscar quiénes somos”, tal vez deberíamos enfocarnos en conocernos tal como somos ahora. Este cambio de perspectiva nos invita a abandonar la idea de que nuestra identidad es algo que debemos descubrir, como si fuera un tesoro escondido, y en su lugar abrazar la noción de que nuestra identidad está en constante construcción, moldeada por nuestras experiencias, creencias y acciones.

¿Quién estamos siendo en este momento?

Quizá, en lugar de preguntarnos quiénes somos, deberíamos preguntarnos: ¿Quién estoy siendo ahora mismo? La diferencia puede parecer sutil, pero es significativa. No se trata de un estado fijo, sino de un proceso dinámico, un “ser” que se revela en el presente continuo. Esto nos libera de la carga de encontrar una respuesta definitiva y nos invita a observar cómo vivimos, actuamos y nos expresamos en el mundo.

Nuestra identidad no es estática. Somos lo que hacemos, cómo vivimos y cómo elegimos relacionarnos con los demás. En esencia, nos convertimos en nuestras acciones. O como dice el antiguo proverbio: “Por sus obras los conocerán.” Pero esto no se aplica solo a cómo los demás nos perciben; también nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos.

El ser y la acción: una relación inseparable

Eres lo que haces. Este concepto puede parecer simplista, pero tiene un profundo impacto en la forma en que entendemos nuestra identidad. Las acciones que realizamos a lo largo del tiempo, repetidas hasta convertirlas en un hábito o una maestría, no solo definen lo que hacemos, sino también quiénes somos.

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La maestría como expresión del ser

Consideremos el caso de un violinista. Un violinista no es simplemente alguien que posee un violín, ni siquiera alguien que lo toca ocasionalmente. Un violinista es alguien que, a través de la práctica constante, ha hecho del violín una extensión de su ser. Es mediante el arte de tocar el violín que se expresa en el mundo. Lo mismo sucede con un fotógrafo, un panadero, un ingeniero, una madre o un estudiante. Todo aquello en lo que adquieres maestría forma parte integral de tu identidad.

Cada vez que te dedicas con pasión y consistencia a algo, esa actividad se convierte en una conversación que define quién eres. No eres simplemente alguien que corre; eres corredor. No eres solo alguien que escribe; eres escritor. Tu ser está intrínsecamente ligado a las acciones que realizas con maestría, y cada nueva habilidad que adquieres se suma a la complejidad de tu identidad.

La conversación que eres

Somos, en gran medida, la conversación que mantenemos con nosotros mismos y con el mundo. Esa conversación no solo es verbal; también se manifiesta a través de nuestras acciones, decisiones y hábitos. Las palabras que usamos para describirnos, las narrativas que construimos sobre nosotros mismos, y las historias que otros cuentan sobre nosotros, todas forman parte de la identidad que proyectamos.

Pero esa conversación no es estática. Es un diálogo en constante evolución. Por ejemplo, alguien que se dedica al deporte puede ser visto como un atleta, pero si decide cambiar su enfoque y estudiar una nueva disciplina, esa nueva faceta se integrará en su identidad. Somos una suma cambiante de todas las conversaciones y experiencias que nos moldean.

¿Quién eres para el mundo?

Si quieres descubrir quién eres, observa tus acciones. Presta atención a aquello en lo que has adquirido maestría y cómo te relacionas con los demás. A menudo, buscamos respuestas en nuestro interior, pero el mundo exterior también tiene pistas valiosas sobre nuestra identidad.

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Observa tus relaciones

Tu identidad no solo se revela en lo que haces, sino también en cómo te perciben los demás. No es que debas depender de la opinión ajena, pero las interacciones que tienes con otras personas pueden darte pistas sobre quién eres en el contexto social. ¿Qué valor aportas a los demás? ¿Qué roles desempeñas en las vidas de las personas que te rodean?

Eres en el mundo

No vivimos en un aislamiento absoluto. Aunque nuestra experiencia interna ocurre “aquí”, nuestra vida se manifiesta “allá afuera”. Esta interacción constante entre nuestro mundo interior y el mundo exterior es donde realmente existimos. Somos el puente entre estos dos espacios, y nuestra identidad se define tanto por lo que sentimos como por lo que hacemos.

Al final, quién eres no es solo una cuestión de introspección, sino también de observación. Eres el conjunto de tus acciones, tus relaciones, tus valores y tus creencias en constante interacción con el mundo.

Redescubriendo quién eres

La pregunta “¿Quién eres?” no tiene una respuesta única o definitiva. En lugar de tratar de definirnos de manera estática, podemos optar por explorar y celebrar la complejidad de nuestra identidad en constante evolución.

Entonces, si deseas saber quién eres, presta atención a las acciones que realizas, las conversaciones que sostienes y las habilidades que cultivas. Permite que el mundo te revele lo que ya eres, y recuerda que tu identidad es un proceso continuo de ser y descubrir.

¿Y tú? ¿Quién estás siendo hoy?

Bernardo Villar
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